Ludmila, la única cura con faldas

24 May

Ejerció el sacerdocio en la clandestinidad, en Checoslovaquia, con el secretismo de un espía.  La Editorial Claret tiene publicada su historia «Desde lo hondo. La historia de Ludmila Javorova», de Miriam Therese Winter

Tirando de hemeroteca recuperamos este artículo de JOSÉ MANUEL VIDAL (2002)

Salió de casa con el vestido largo de color negro de los domingos. Eran las doce de la noche del 28 de diciembre de 1970. Miró a izquierda y derecha para cerciorarse de que nadie la estaba espiando y, casi corriendo, recorrió la corta distancia que la separaba del piso del obispo. En el despacho de Félix María Davidek, arzobispo de Brno, todo estaba preparado. Ludmila Javorova llamó al timbre dos veces largas y una corta, la señal convenida. Estaba radiante de felicidad. Por fin, a sus 38 años, iba a ver cumplido el sueño de su vida. Antes de iniciar el viejo ritual, monseñor Davidek volvió a preguntarle: «¿Quieres recibirlo?», dijo él.«Sí, quiero», respondió ella.

Entonces, el arzobispo católico Davidek inició el ritual del sacramento del orden sacerdotal, le impuso sus manos, como signo externo del mismo, en la ciudad morava de Brno, ante la presencia, como testigo, de un hermano del arzobispo. A continuación, ella celebró su primera misa, realizó su primera consagración del pan y del vino y dio su primera bendición a las dos personas presentes. «De vuelta a casa, lloraba a borbotones por todos los años en los que había contenido mis lágrimas», recuerda.

Desde entonces, se convirtió en la primera «sacerdotisa» católica del mundo en los últimos 20 siglos (muchos teólogos suelen asegurar que, hasta el siglo I, la Iglesia católica contó con mujeres sacerdotisas y diaconisas).

Como tal, Ludmila celebraba misa todos los días, sola, en su casa de Brno, sin que ni siquiera sus padres lo supiesen. Eran los años de plomo de la dictadura comunista en Checoslovaquia y en todo el Este de Europa. La Iglesia católica estaba perseguida, controlada por el Estado. Le llamaban la «Iglesia del silencio» y la «Iglesia mártir». El actual arzobispo de Praga, monseñor Vlk, trabajó más de 20 años como un simple limpiacristales…

Para despistar a la policía comunista, el arzobispo Davidek ordenó en secreto a 17 obispos, algunos de ellos casados y con familia, y a 68 sacerdotes varones, muchos de ellos casados. Ella guardó el secreto, pero muchos de los católicos clandestinos eslovacos de entonces conocían su condición sacerdotal y la aceptaban como tal. Más aún, llegó a ser «vicaria general», es decir, la número dos de la archidiócesis de Brno. Tras la caída del Muro de Berlín, salió a la luz la existencia de la Iglesia clandestina checoslovaca.Y con ella, la existencia de una mujer sacerdote.

Ludmila esperó hasta 1989, año de la «revolución de terciopelo», para pedir el reconocimiento eclesial y la ayuda del Papa. «Primero intenté fijar una entrevista con el Papa por medio del cardenal Wyszynski de Polonia, pero sin conseguirlo. Después le pedí ayuda directamente para que me aceptase como soy. Le escribí una carta», que decía simplemente: «Santo Padre, he recibido la ordenación sacerdotal en estas circunstancias, y ahora se lo comunico».

Pero pasaron diez años y el Vaticano dio la callada por respuesta. Sólo entonces, en 1995, Ludmila reconoció públicamente su condición. Y, sólo entonces, la jerarquía romana reaccionó.

Cuando en Roma se enteraron de la existencia de, al menos, una mujer sacerdote, de obispos casados y de curas con hijos y nietos, cundió el pánico en la Curia. El Papa encargó al cardenal Ratzinger poner orden. Roma negó la validez de la ordenación sacerdotal de Ludmila Javorova y de los cuatro obispos casados.

Ella acató la decisión del Vaticano, pero sigue proclamando que, aún sin ejercer, es cura. Asegura, por ejemplo, que en la Checoslovaquia de entonces había dos tipos de clero. El de «primera línea», absolutamente fiel al Estado y controlado por el aparato comunista (tras la caída del comunismo, sus miembros siguieron ejerciendo su ministerio sin problema alguno por parte de Roma). El otro clero, el llamado de «segunda línea», optó por actuar clandestinamente para mantener la integridad de la fe católica. Su ministerio había sido invisible y su ordenación secreta a instancias del propio Vaticano, que les había prohibido cooperar con los comunistas.

Sin embargo, la respuesta de Roma, tras la caída del Muro de Berlín, fue «reconocer el sacerdocio a los colaboracionistas y negárselo a los clandestinos», dice, dolida: «De repente, a los ojos de Roma, lo que había sido considerado legítimo e incluso heroico bajo las fuerzas del comunismo se percibía como un sacerdocio paralelo y un problema a resolver».

Pero, por mucho que Roma trate de ocultarlo, Fridolin es un obispo casado y Ludmila Javorova una mujer sacerdote. El símbolo vivo de que en la Iglesia católica existe ya lo que la jerarquía se empecina en negar: curas con faldas.

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