María de Nazaret: Dios ensalza en ella a las mujeres

20 May

 “ENALTECE   A   LOS   HUMILDES…”

Marifé Ramos

A través de la Encarnación, Dios  enalteció a María de Nazaret, y con ella y en ella a las mujeres analfabetas, pobres, silenciadas, de pueblo, que no contaban para nada,  ni en la familia ni en la sociedad.  Esas mujeres que no iban a la sinagoga, cuyo testimonio no se tenía en cuenta, que no podían estudiar la Torá, y a las que se podía llegar a repudiar  por motivos tan ridículos como que se les quemara la comida.

¿Cuántas veces hemos orado con el Magníficat, sin darnos cuenta de la riqueza que encierra esta frase? En el diccionario se define como ensalzar, elevar a mayor dignidad, alabar, elogiar, pero en el lenguaje diario utilizamos poco esta palabra.

  A lo largo del Antiguo Testamento  encontramos  una corriente teológica que proclama que Dios se complace en hacer justicia, especialmente a las personas más desvalidas del momento: huérfanos, viudas y extranjeros. El pueblo esperaba y ansiaba el nacimiento de un Mesías que traería definitivamente esa  justicia deseada,  un Mesías que  nacería de una mujer de buena familia, posiblemente  de las familias ricas, cultas y allegadas al templo de Jerusalén.

Dios enalteció, en María, a las mujeres

Para comprender mejor cómo Dios enaltece a los humildes y la profundidad del  Magníficat, debemos leerlo  en paralelo con el canto de Ana (I Samuel, 2, 1-10), esa mujer que, llena de pena,  suplicaba a Dios con lágrimas que le concediera un hijo.

Helí, un sacerdote que la estaba observando,  le regañó, creyendo que estaba borracha, y ella le contestó: “No, señor mío, soy una mujer desgraciada; no he bebido vino ni licor, estoy desahogando mi corazón ante Yahvé” (1, 14-15).

Cuando Ana fue madre, experimentó que Dios había oído sus oraciones y le había respondido, por eso, como muestra de agradecimiento entregó a su hijo,  para que sirviera en el templo. Cantó,  desde lo más profundo,  un canto de gratitud que recogió no sólo su esperanza personal, sino la esperanza de los hombres y mujeres  pobres que ponían  su confianza en Dios.

En la situación histórica en la que vivió María, en su sociedad concreta, la palabra enaltecer cobraba un significado especial, porque era una sociedad llena de personas humildes y humilladas. Tras varios siglos en los que el pueblo había estado dominado  por los persas, griegos y romanos, la gente más pobre y sencilla seguía clamando a  Dios pidiendo justicia, pero parecía que la llegada de la justicia se hacía esperar.

A través de la Encarnación, Dios  enalteció a María de Nazaret, y con ella y en ella a las mujeres analfabetas, pobres, silenciadas, de pueblo, que no contaban para nada,  ni en la familia ni en la sociedad.  Esas mujeres que no iban a la sinagoga, cuyo testimonio no se tenía en cuenta, que no podían estudiar la Torá, y a las que se podía llegar a repudiar  por motivos tan ridículos como que se les quemara la comida. Pero esas mujeres oraban llenas de fe desde sus casas y repetían con los salmos: “En Dios he puesto mi confianza, no quedaré defraudada”. Y Dios no las defraudó.

Cuando Dios se fijó  en la pequeñez de  María, ella pudo experimentar que Dios hacía de ella una mujer nueva. De algún modo le impulsaba a realizar  un apasionante “viaje vital”,  que comenzaba en una pequeña aldea, en medio de la pobreza de la vida cotidiana y la convertía en Madre del Hijo, llena del Espíritu Santo.

Del amor de Dios brotó la justicia, y  se manifestó,  a través de la Encarnación,  en una adolescente de una pequeña aldea casi perdida.

Dios “desciende” por amor

  A lo largo de la Biblia también se recoge el canto de una multitud de hombres y mujeres que  proclaman: “Gloria a Dios en las alturas…”. Se creía que Dios  habitaba en lo alto del firmamento, en una montaña situada sobre una  bóveda transparente y  la tierra estaba colocada a los pies de Dios como un  banquito, como un estrado  pequeño que le servía  para apoyar  los pies:

“El Señor mira desde lo alto de los cielos,

ve a todos los hijos de Adán;

desde el lugar de su morada observa

a todos los habitantes de la tierra,

él, que forma el corazón de cada uno,

y repara en todas sus acciones” (Salmo 33, 13-15)

“Los cielos son mi trono, y la tierra el estrado de mis pies” (Isaías 66,1).

También la oración que nos enseñó Jesús: “Padre nuestro que estás en los cielos…” nos recuerda ese “lugar” en el que Dios habita. Pero lo que para nosotros actualmente indica un lugar (los cielos, lo alto), en la teología bíblica nos remite a un Amor que sobrepasa todo amor. Desde esa altura infinita Dios era capaz de oír el llanto de un niño, el hijo de Agar, cuando estaban  a punto de morir de sed porque caminaban errantes por el desierto (Génesis 21, 14-18). Desde esa altura oyó claramente  el clamor de un pueblo que iba a ser exterminado por los egipcios y descendió en su ayuda.

Desde “lo alto”, Dios  se fijó en la pequeñez de María,  la amó, la  llenó de gracia, y la cubrió con su sombra.

Querer subir nosotros hasta Dios es un viaje que acaba como la torre de Babel: con un fracaso estrepitoso. Dios se revela continuamente como un Dios que desciende para elevarnos.  Cuando Dios enaltece envuelve en una corriente de amor que no sitúa a unas personas por encima de otras, sino que empuja a colocarse al lado de las más pobres, de las que están en las cunetas de la vida y no han experimentado esa corriente de amor.

Enaltecer tambiés es contemplar el rostro de Dios

  El libro del Éxodo nos recuerda que “El Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (33, 11) y que Moisés le pidió ver su rostro, le pidió verle venir,  acercarse. Dios, en cambio, le ofreció un lugar muy cerca de Él, y desde allí contemplar la espalda de Dios, de ese Dios que  pasaba a su lado.

María pudo contemplar el rostro del Abbá, en el rostro de ese pequeñín que dependía de ella para ser alimentado y cuidado, sobre todo en los primeros años de vida. Y en el rostro de ese Hijo destrozado que disculpaba a la humanidad con un amor infinito, y pedía a su Padre que no hiciera justicia, sino que cubriera con el velo del amor el terrible error humano de una ejecución  premeditada e injusta.

Hoy podemos contemplar el rostro de Dios en los rostros de la multitud de personas sentadas, tiradas, encogidas…, en cualquier rincón  de nuestras ciudades.  Quizá la dureza de la vida no les ha permitido todavía ver venir a Dios de cara, pero todavía están a tiempo para ver que pasa a su lado apostando claramente por una justicia que brota del amor.

El brazo de Dios

María canta la fuerza que Dios tiene en su brazo y cómo la empleó para  hacer dos gestos que el pueblo llevaba pidiendo durante siglos: derribar del trono a los poderosos y levantar a los humildes. En la Biblia,  el brazo de Dios es símbolo  de su poder (como el brazo de un guerrero fuerte), símbolo  de su santidad, y de la protección a  su pueblo, por eso “el brazo de Dios” marchó al lado de Moisés, y abrió las aguas para salvar a su pueblo.

María canta, junto con su pueblo,  la fuerza de ese brazo que transforma el amor  en justicia y nos advierte seriamente que

  • Si nos subimos a pedestales de cualquier tipo, el brazo de Dios nos derriba y nos dispersa
  • Si manifestamos  nuestras carencias y nuestras necesidades, su  brazo colma nuestro vacío

Jesús continuó la obra del Abbá

Jesús continuó con el proceso  que había comenzado su Padre, y al predicar la Buena Noticia nos siguió recordando el valor de un pequeño grano de mostaza, de una monedita o de un vaso de agua. Enalteció también el pan y el vino, alimento cotidiano de los pobres,  y los transformó en Cuerpo y Sangre, en Sacramento. Jesús  elevó la dignidad y el valor, de muchas personas y  de muchas realidades que,  en la vida diaria judía,  habían pasado desapercibidas. Nos enseñó a mirar de otro modo, y a valorar, más allá de las apariencias, el Misterio que habita en su interior.

Y ahora…

¡Cuánta actualidad tienen hoy las palabras del Magníficat! ¡Cuántas veces pedimos que realmente Dios derribe a determinados poderosos que siguen oprimiendo a la humanidad! ¡Cuántas veces pedimos que levante a los humillados que están física y moralmente tirados en las cunetas de la vida! Para que todo esto se haga realidad,  para unirnos al canto de Ana y de María,  para poder cantar el Magníficat desde las entrañas y no sólo con los labios, es necesario que cada uno de nosotros y de nosotras   trabajemos por  enaltecer a las personas humilladas, acomplejadas, empobrecidas,  que nos rodean.

El Reino nos necesita  para recordar a  las personas encorvadas que están hechas a imagen y semejanza de Dios; un Dios que no selecciona  a las personas con las categorías de la sociedad actual: “sin papeles /con papeles”, “sin techo”, “delincuente”,  “gente bien”. Nos necesita para recordarles que Dios nos llama por nuestro nombre: “mi hij@ amad@”.

Si pretendemos  enaltecernos a nosotros mismos, si queremos aparentar más,   o parecer mejor de lo que somos, si nos subimos a la plataforma de la “vana-gloria” ¿qué conseguiremos?

Pero si dejamos que sea Dios el que nos incorpore, el que nos haga  grandes, como a María,  ¿hasta dónde podremos llegar? Seguramente hasta  realizar el sueño que Dios tiene sobre cada  uno de nosotros y de nosotras, que es el mejor proyecto que podemos imaginar.

 

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