¡Gracias Hermanas!

19 May

James Martin, SJ

Contributing Editor of AMERICA (catholic magazine)

Gracias a todas esas magníficas mujeres religiosas que habéis llegado a ser una parte tan importante en nuestras vidas, que nos  habéis conducido a Cristo por una variedad tan grande de caminos, quizá  por el camino del martirio, pero también por ese otro martirio de lo  cotidiano que es simplemente vivir como religiosas católicas, viviendo  las exigencias de la pobreza, la castidad y la obediencia.

Esta semana se está hablando mucho sobre algunas religiosas católicas que han aparecido con frecuencia en las noticias. Puede que ustedes  hayan leído incluso que la Congregación para la Doctrina de la Fe ha  abierto lo que se llama una “investigación doctrinal” a la Conferencia  de Superioras Religiosas de los Estados Unidos. ¿Y qué significa esto?  Pues eso significa que el Vaticano está investigando a la institución  que agrupa a la mayor parte de las religiosas de este país, también  conocida como LCWR o Leadership Conference of Women Religious.

Pero no se trata de hablar aquí del documento vaticano, sino de que  dirijamos la mirada a estas mujeres y a la tarea que han venido  desarrollando en Estados Unidos desde el Concilio Vaticano II. Es verdad que la “investigación doctrinal” del Vaticano ha entristecido y  decepcionado a muchas de estas religiosas. Mucha gente en los blogs y en los medios de comunicación se preguntaba ¿pero cuál es el problema?  Quizá pasaban por alto que la “investigación doctrinal” del Vaticano es  ya la continuación de una larga inspección apostólica a todas las  órdenes religiosas femeninas en general. Así que no es de extrañar que  las religiosas en los Estados Unidos se sientan un poco desmoralizadas  últimamente.

Y hay también otra cosa que creo que es importante recordar y que  algunas críticas de quienes no ven con buenos ojos a esta organización  de religiosas probablemente olvidan: muchas de estas hermanas de las que estamos hablando, que ahora andan por los setenta u ochenta años de  edad, cuando ingresaron en la vida religiosa sabían perfectamente que  iban a vestir de hábito y que iban a vivir su vida semienclaustradas en  un convento, al modo tradicional. ¿Y qué pasó entonces? Que vino el  Concilio Vaticano II. A comienzos de los sesenta, la gran asamblea de  los obispos católicos dio como fruto numerosos documentos, como Perfectae caritatis [decreto sobre la vida religiosa]. Poco después el papa Pablo VI dio a conocer su exhortación Evangelii nuntiandi y otras cartas en las que se decía claramente a las religiosas que  debían ponerse al día y reformarse. Y ellas regresaron a la fuente de  sus documentos fundacionales, para ver qué fue lo que dijeron realmente  los fundadores y fundadoras y profundizaron en ellos para entender lo  que debían hacer. Y encontraron que lo que tenían que hacer era salir al mundo y no permanecer semienclaustradas y vestir como visten  habitualmente las mujeres de su tiempo. Salir fuera, en una palabra.

Y no debemos olvidar que estas mujeres habían sido minuciosamente  preparadas para vivir semienclaustradas. Lo más fácil para ellas hubiera sido continuar su modo tradicional de vida. Sin embargo, abrazaron los  cambios que les proponía el Concilio Vaticano II, a pesar de que esa era la opción más difícil para ellas en aquel tiempo. Una amiga religiosa  me decía anoche literalmente: “nos tomamos muy en serio esos  documentos”. Por tanto, creo que cualquier crítica a estas mujeres  ─también la del Vaticano─, debería empezar reconociendo que respondieron fielmente a lo que la Iglesia les pedía.

Y todavía más importante que entender eso es contemplar a las propias religiosas. Hagámoslo. Miremos a algunas de estas mujeres de la era del Concilio Vaticano II y veamos qué es lo que fueron capaces de intentar y lo que llegaron a conseguir por fidelidad a Dios:

1)  Para empezar, pensemos en Mary Luke Tobin, de las Hermanas de Loreto, la única mujer americana que fue invitada a  participar en el Concilio Vaticano II. Luego llegó a dirigir la LCWR.  Toda su vida luchó por la paz y la justicia, hasta su muerte a los 98  años. Una mujer portentosa en la historia religiosa de América.

2) Hay también personas a las que considero heroicas, como Ita Ford y Maura Clarke, de la congregación de las Hermanas de Maryknoll, o la religiosa ursulina Dorothy Kazel y la misionera laica Jean Donovan. Las cuatro fueron martirizadas en El Salvador como consecuencia de su  compromiso decidido con los más pobres, las cuatro pagaron su  seguimiento personal de Cristo con el precio de sus vidas. Fueron  mujeres como estas las que encarnaron el espíritu del Concilio Vaticano  II.

3) Pienso también en alguien increíble como Dorothy Stang, que hace sólo unos años fue martirizada en Brasil cuando luchaba por  los pobres sin tierra de allí. La hermana Dorothy fue asesinada mientras recitaba las bienaventuranzas. Una mujer inigualable, misionera de las  Hermanas de Notre Dame de Namur, cuyo testimonio sirvió de inspiración a tanta gente.

4) Y quizá también conozcan a la hermana Helen Prejean, autora del libro Dead men walking [traducido en español como Pena de muerte, llevado al cine y protagonizado en la pantalla por la actriz Susan Sarandon] y de la que  podríamos decir que hizo más que nadie en el mundo en lo que se refiere a la concienciación sobre la pena de muerte y el rechazo que, como  católicos, debemos manifestar por este procedimiento inhumano.

5) Y pienso en gente como Elizabeth Johnson, hermana de la Congregación de San José, profesora [de Teología] en la  Universidad de Fordham, en Nueva York, y cuyos libros sobre Jesús, sobre María y sobre Dios, escritos con hermoso estilo literario, han ayudado a mucha gente a acercarse a Dios.

6) Y pensemos también en las cinco hermanas Adoradoras de la Sangre de  Cristo, martirizadas en Liberia en 1992 por su compromiso con los pobres de allí. No olvidamos a Agnes Mueller, Barbara Ann Muttra, Shirley Kolmer, Kathleen McGuire y Joel Kolmer.

7) Recordamos también a Mary Daniel Turner, la anterior superiora general de las Hermanas de Notre Dame de Namur y directora de la LCWR, coautora del libro The Transformation of American Catholic Sisters, gran promotora de la justicia y de la renovación en la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II.

8) Pienso también en las mujeres que trabajan en el campo de la espiritualidad, gente como la hermana priora benedictina Joan Chittister o en la hermana Joyce Rupp, cuyos escritos teológicos han permitido a tanta gente acercarse al Señor.

Pero pienso igualmente en esas otras religiosas cuyos nombres puede  que no sean tan conocidos, hermanas que dirigen colegios y  universidades, son profesoras en escuelas o institutos, trabajadoras  sociales, responsables de pastoral, enfermeras, médicos… Mujeres que han sabido desplegar las más diversas capacidades en la Iglesia. Son estas  las religiosas que, juntas, sostienen la Iglesia católica en América,  desde sus votos de pobreza, castidad y obediencia, y que ponen al  servicio de la comunidad todo el dinero que puedan ganar con su trabajo. Mujeres que ahora se están acercando al final de su vida activa.

Por último, me gustaría compartir también un comentario que entra más en el terreno de lo personal: algunas hermanas que he conocido y que  marcaron mi vida, indudablemente, como la hermana Louise French B.V.M.,  de Dubunque [Iowa], profesora de varias generaciones de jesuitas en la  Universidad Loyola en Chicago y a quien sus alumnos adoraban. Y déjenme  hablarles también de otra amiga mía, Janice Farnham, una religiosa de  Jesús y María que fue mi profesora durante mi formación teológica y que  quiso acercarse a visitar a mi padre, ya en el estado terminal de su  enfermedad, aunque para ello tuviera que viajar cuatro horas en tren,  estar junto a él una hora en el hospital y emprender al día siguiente  otra vez el viaje de vuelta. Cuando le di las gracias me las dio ella a  mí, porque consideraba un honor haber podido acompañar a mi padre.

He tenido también a religiosas como directoras espirituales. Y hasta  hubo una que, en medio de una fuerte crisis espiritual supo orientarme  de manera muy estimulante e iluminadora. Se lo agradecí expresamente y  ella me dijo que el mérito no era suyo, que había sido simplemente la  mano de Dios. He tratado a muchas religiosas a lo largo de toda mi vida  como jesuita y las admiro como a verdaderos héroes.

Cualquiera que sea nuestra opinión sobre el documento del Vaticano,  está claro que ha entristecido y desmoralizado a muchas mujeres  religiosas católicas, que han entregado generosamente sus vidas a la  Iglesia. Así que creo que es buen momento para que todos les digamos “gracias”. Gracias a todas esas magníficas mujeres religiosas que habéis llegado a ser una parte tan importante en nuestras vidas, que nos  habéis conducido a Cristo por una variedad tan grande de caminos, quizá  por el camino del martirio, pero también por ese otro martirio de lo  cotidiano que es simplemente vivir como religiosas católicas, viviendo  las exigencias de la pobreza, la castidad y la obediencia. Me gustaría  daros las gracias personalmente por todo ello y sería estupendo si  vosotros os animaseis también a dar las gracias a algunas de vuestras  religiosas favoritas. Porque yo creo que siempre es momento para la  gratitud y, especialmente, en estos tiempos, me gustaría decirles a las  religiosas católicas de los Estados Unidos: ¡gracias,  hermanas! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de  sus artículos, indicando su procedencia).

Para más información: http://www.americamagazine.org/

[Traducción: Juan V. Fernández de la Gala. El texto que figura entre corchetes son notas añadidas por el traductor].

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