Noemí y Rut. Rut y Noemí. Tal para cual

16 May

Dolores Aleixandre

Text: Reseña Bíblica. Otoño 2011, Nº 71. Editorial Verbo Divino
Imágenes: Bible Paintings
 
 Ya no te sientes la esclava de nadie; ahora sabes que tu nombre significa “amiga, cercana, próxima”, y por eso no te postras ni te arrodillas, sino que miras de frente y a los ojos. Porque fue así como soñó nuestro Dios a nuestra madre Eva cuando la creó: al lado del varón, frente a él y a su altura, ofreciéndole su ayuda y su apoyo y recibiéndolos de él en total reciprocidad.
 
 
En el contar y recontar la historia de Israel, la fe del pueblo se consolida y crece aprendiendo a escuchar la presencia del Señor en medio de ellos y a servirlo. Abuela y madre, suegra y nuera hacen memoria de sus vidas para descubrir la acción salvadora de Dios que se encierra en sus nombres: Noemí y Rut. Memoria que las pone en camino y les aboca a que esos nombres hayan de ser pronunciados en la historia de Israel como huella del amor fiel de Dios con su pueblo.
 
Desde niña me gustaba escuchar de labios de mi padre las antiguas historias de nuestros antepasados. En los largos anocheceres de verano en Belén, cuando hacía aún demasiado calor para entrar en la casa y dormir, nos sentábamos junto al muro del granero, en la linde de la era, cerca del montón de trigo que habían trillado esa misma tarde nuestros jornaleros. Mi madre nos repartía a cada uno un puñado de espigas para que quitáramos la cáscara del grano que la trilla no había conseguido limpiar y, mientras lo hacíamos, mi padre nos narraba las viejas historias de nuestro pueblo.
 
Nos gustaba escuchar sobre todo la historia de nuestra esclavitud en Egipto y cómo el Señor nos sacó de allí con mano fuerte y brazo extendido: el mar de las Cañas se abrió aquella noche ante el cayado de Moisés con la misma facilidad con la que nuestra madre partía aquellas sandías rojas que tanto nos gustaban. Otras noches nos hablaba de los largos años del desierto durante los cuales ni se gastaron las sandalias de nuestros padres ni se rompieron sus vestidos: el Señor los acompañaba como una nube que los protegía del calor del día y de la oscuridad de la noche, y los alimentaba con el maná y el agua que manaba de la roca. Y fue también su fuerza la que los hizo vencer a Amalec y a Moab, a Sijón, rey de los amorreos, y a Og, rey de Basán, para entregarnos este hermoso país en el que ahora vivimos.
 
Josué, hijo de Nun, hizo que el arca de la alianza del Dueño de toda la tierra pasara el Jordán delante de nuestros padres: cuando los pies de los sacerdotes que llevaban el arca pisaron el Jordán, la corriente del río se cortó y el agua que venía de arriba se detuvo formando un embalse. Más tarde, el Señor entregó también a su pueblo la ciudad de Jericó, y sus murallas se derrumbaron ante el alarido de Israel y el sonido de sus trompetas: estaba cumpliendo su promesa de dar a nuestros padres esta tierra en la que ahora vivimos, una tierra que mana leche y miel.
 
La noche en que recordábamos la historia en la que Josué gritó: “¡Sol, quieto en Gabaón, y tú, luna, en el valle de Ayalón!”, todos aplaudíamos y cantábamos:
El sol se detuvo en medio del cielo
y tardó un día entero en ponerse.
Ni antes ni después ha habido
un día como aquel,
cuando el Señor obedeció a la voz de un hombre,
porque el Señor luchaba por Israel.
 
Más adelante, cuando ya Josué había conquistado toda la tierra, como el Señor había dicho a Moisés, se la repartió por lotes a nuestras tribus y hubo una gran paz.
 
Pero no todo eran historias felices. En algunas ocasiones nuestro padre nos contaba lo que ocurrió cuando a Josué y a toda aquella generación que fue a reunirse con sus padres siguió otra que no conocía al Señor ni lo que había hecho por Israel: dieron culto a dioses extranjeros y se desviaron de sus caminos. Entonces los pueblos vecinos los oprimían y ellos clamaban al Señor, hasta que él se compadecía de ellos y hacía surgir jueces que los salvaban de sus enemigos, porque le daba lástima oírlos gemir bajo la tiranía de sus opresores.
 
Entonces nuestro padre repetía las palabras de Josué: “Elegid hoy a quién queréis servir: a los dioses que sirvieron vuestros padres al otro lado del río o a los dioses de los amorreos, en cuyo país habitáis. Yo y mi casa serviremos al Señor”. Y nosotros, puestos en pie, proclamábamos con todas nuestras fuerzas:“¡Lejos de nosotros abandonar al Señor para ir a servir a otros dioses! Nosotros serviremos al Señor: ¡es nuestro Dios!”.
 
Ahora que soy anciana y he vuelto a Belén después de los años duros y tristes de mi exilio, le cuento esas mismas historias a Obed, el nieto que me ha dado mi nuera Rut y que es la alegría de mi vejez. Él se sienta junto a mí muy atento y yo le recuerdo que cuando hablo de “servir al Señor” estoy pronunciando su nombre, porque Obed significa “siervo” en nuestra lengua, y fue así como le llamaron nuestras vecinas el día de su nacimiento. Y como también significa “el que escucha”, tiene que aprender a vivir muy atento y con sus oídos bien abiertos cuando el Señor le dirija su palabra.
 
 
Siempre me ha gustado ahondar en el significado de los nombres, aunque hubo un tiempo en el que el mío (“mi suavidad”, “mi dulzura”) me pareció una gran mentira, porque me había convertido en una mujer vacía y habitada por la amargura. Ahora mis sentimientos han cambiado y he llegado a comprender que recibí mi nombre en mi nacimiento como una promesa aún incumplida: solo llegaría a madurar con el tiempo, lo mismo que ocurre con la siembra o con la gravidez de las mujeres.
 
Es ahora, en mi vejez, cuando se ha hecho realidad, pero Obed es aún demasiado pequeño para oírme contar mi propia historia: antes tiene que conocer la de nuestro pueblo. Sin embargo, cuando Rut y yo nos sentamos juntas a tostar trigo o a amasar pan, nos gusta hacer memoria juntas de cómo el Señor ha ido conduciendo nuestras vidas hasta entregarnos en plenitud lo que encerraban nuestros nombres.
 
Recordamos aquel tiempo de pérdidas y duelo, cuando murieron los hombres bajo cuyos nombres nos habíamos refugiado y nos encontramos solas y viudas. Ante nosotras se abrían dos caminos: quedarnos para siempre junto a aquellas tumbas, llorando y lamentándonos por la ausencia de los que amamos, o dejar atrás esa etapa de nuestra vida y emprender el retorno hacia la tierra que ahora prometía de nuevo darnos pan.
 
Orfá, mi otra nuera, no tuvo el valor de arrancarse del pasado y volvió a su vida anterior, mientras que Rut y yo nos pusimos en camino. Muchas veces le recuerdo a ella que, si no hubiera sido por la firmeza decidida de me dirigió: “Donde tú vayas, yo iré; donde vivas, viviré…”, el temor a la soledad y a las limitaciones de mi vejez habría paralizado mi deseo de volver a Belén y yacería ahora en otra tumba en tierra extraña.
Cuando entramos en Belén se alborotaron las vecinas: me habían visto salir hacia Moab colmada de vitalidad, en compañía de mi esposo y mis hijos, y me veían ahora retornar sin ellos, encorvada por el peso de los años y del sufrimiento. Renegué ante ellas de mi nombre: “No me llaméis Noemí, llamadme ‘Amarga’, porque salí llena y vuelvo vacía…”. Y hasta me atreví, ante el espanto de quienes me oyeron, a hablar del Señor con nombres terribles que expresaban mis quejas y mi rebeldía: es “el que me ha vaciado”, “el que me ha vuelto amarga”…
 
Cuando hago memoria de aquella escena, Rut me confiesa que los nombres con los que yo llamaba al Dios de Israel le hicieron temer en un principio que fuera aún peor que los ídolos de Moab que había abandonado. “El primero en hablarme del Señor de otra forma –me recuerda– fue Boaz en nuestro primer encuentro en su campo: ‘Que el Dios de Israel, bajo cuyas alas has venido a refugiarte –me dijo–, te lo pague con creces’. La imagen de un Dios protector y materno, como un ave que recoge a sus polluelos, me sorprendió y llenó mi corazón de gozo: supe en aquel momento que también yo, la última entre los siervos del campo en que espigaba, y además extranjera, tenía también derecho a encontrar refugio bajo las alas de ese Dios. No tenías razón, Noemí, al hablar de él como lo hiciste: mira cómo ahora estás de nuevo llena con mi hijo Obed a tu lado y él te colma de la dulzura que creíste haber perdido para siempre…”.
 
Yo me río y le respondo que tiene razón, pero que a nuestro Dios no le ofende que derramemos ante él con libertad lo que desborda de nuestro corazón, y, cuando la veo asentir, pienso que ella ha llegado a conocer al Señor mejor que yo, a pesar de que hace poco que pertenece a nuestro pueblo. Ella me dice: “Es porque me siento envuelta en la bendición que pronunciaron ante Boaz los ancianos y todo el pueblo: ‘¡Que a la mujer que va a entrar en tu casa la haga el Señor como Raquel y Lía, las dos que construyeron la casa de Israel! ¡Que tengas riqueza en Éfrata y renombre en Belén! ¡Que por los hijos que el Señor te dé de esta joven tu casa sea como la de Fares, el hijo que Tamar dio a Judá!’.
 
Cuando te pregunté después por esas tres mujeres, Raquel, Lía y Tamar, tú me contaste sus historias: las dos primeras, hermanas, cómplices y también adversarias entre sí por el amor de Jacob, fueron, junto a Sara y Rebeca, nuestras Matriarcas. Raquel, la Cordera, y Lía, la Fatigada: dos mujeres fuertes, libres y fecundas que llenaron de vida y de orgullo el clan al que pertenecían, y sus doce hijos siguen dando nombre a nuestras tribus”.
 
“También Tamar, la Palmera, fue una mujer vigorosa que actuó con energía y sagacidad y no se resignó ante el comportamiento injusto de Judá, su suegro: al negarse él a darle en matrimonio a otro de sus hijos, la condenaba a una esterilidad semejante a la muerte, pero ella diseñó un plan para defender sus derechos. Es verdad que acudió al engaño para conseguir ser madre, pero el propio Judá reconoció que había actuado más justamente que él, y el Señor la recompensó dándole dos hijos gemelos”.
 
“Cuando conocí las vidas que se escondían detrás de aquellos nombres –siguió diciendo Rut–, supe que tendría que esforzarme mucho si quería que el mío fuera digno de ser pronunciado junto a los suyos en la historia de nuestro pueblo. Hasta el nombre de Fares, el hijo mayor de Tamar, me ha supuesto un desafío: me contaste que Fares significa “brecha” y que, en el parto de Tamar, uno de los gemelos extendió su mano y la partera le ató en ella un hilo, diciendo: ‘Este ha sido el primero en salir’, pero retiró su mano, y el otro salió antes. Entonces dijo la comadrona: ‘¡Qué brecha has abierto!’. Y le llamó por ese nombre, Fares.
 
Pienso que también yo he abierto una brecha en la fama de las mujeres moabitas: el nombre de Moab, unido al incesto de Lot, ha estado siempre asociado a la perdición y la ruina de los israelitas. Y, sin embargo, el Señor ha hecho de mí una portadora de bendición para Boaz, un hijo de Israel. Y he abierto también otra brecha en las costumbres de este pueblo que rechaza a las mujeres extranjeras: conmigo ha roto su tradición y me ha invitado a cobijarme bajo sus alas, como si fueran las del Señor”.
 
Me conmueve escuchar a mi nuera, porque contemplo cómo va afirmando día a día su identidad: no reconozco ya en esta mujer, erguida y segura de sí misma, a aquella muchacha temerosa que se presentó ante Boaz como “su sierva”, se postró ante él y se mostró extrañada de que prestara atención a una extranjera. Ni tampoco a la que me contó, después de haber pasado la noche con él en la era, que se le había acercado “sigilosamente” y no se había dado a conocer hasta la medianoche.
 
Han ido madurando en ella sus mejores rasgos: aquella audacia con la que decidió acompañarme a Belén; su valentía para enfrentarse a lo desconocido y adentrarse en una tierra que podía serle hostil; la responsabilidad de ponerse a trabajar como espigadora para poder mantenernos; el vigor para permanecer en la tarea de sol a sol; el atrevimiento de pedirle a Boaz: “Extiende sobre mí tu manto…”.
 
Estás empezando a recibir tu nombre –le digo–. Ya no te sientes la esclava de nadie; ahora sabes que tu nombre significa “amiga, cercana, próxima”, y por eso no te postras ni te arrodillas, sino que miras de frente y a los ojos. Porque fue así como soñó nuestro Dios a nuestra madre Eva cuando la creó: al lado del varón, frente a él y a su altura, ofreciéndole su ayuda y su apoyo y recibiéndolos de él en total reciprocidad. Y quizá tu hijo Obed, el Servidor, el Escuchador, o uno de sus descendientes alcance algo aún más hermoso: que el Señor, lo mismo que a Moisés, lo considere más que un siervo, un “amigo” con quien se habla cara a cara.
 
Rut toma mis manos, emocionada, y me dice que va a hacer suya la bendición que pronunciaron sobre mí las mujeres cuando nació Obed:
Bendito sea Dios,
que te ha dado hoy quien responda por ti,
y este niño será para ti descanso y ayuda en tu vejez:
yo misma lo pongo en tu seno como signo
de nuestra amistad fiel,
del amor y la lealtad que me llevaron a decirte un día:
“A donde tú vayas, iré yo;
donde tú vivas, viviré yo;
tu pueblo es el mío, tu Dios es mi Dios;
donde tú mueras, allí moriré y allí me enterrarán.
Solo la muerte podrá separarnos”.
 
Las últimas palabras de Rut se quedan resonando en mi interior, porque allá, en lo más profundo, sé que nuestros nombres permanecerán vivos en la memoria de Israel, como una huella del amor fiel de nuestro Dios. Y la sombra que proyectan sus alas va más allá de las fronteras de la muerte.
 
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