Si no te veo, si no te oigo, si no te toco

21 Abr

Por la teóloga Carmen Notario

 

No lo había entendido, no había entendido nada. Siempre había querido racionalizarlo todo, mi obsesión era buscar razones para todo y un buen día abandoné la fe: carecía de sentido. Me habían dicho que la fe era creer sin ver y eso era imposible para mí.

No podía acallar la sed de sentido para mi vida y por eso busqué alimentar mi mundo interior en muchos lugares y con diferentes personas. Todo me enriqueció tremendamente y me hizo ser una persona de mentalidad abierta, dispuesta a acoger todo lo bueno y lo genuino.

Y desde otras religiones y filosofías me volvieron a conectar otra vez con la persona de Jesús. Había aprendido a mirar, a escuchar, a tocar y, esta vez, me acerqué al evangelio no como una ideología sino viendo en él a una persona, a Jesús de Nazaret, vivo en la comunidad de creyentes. Las palabras del evangelio me sonaron tan nuevas como si fuera la primera vez que las escuchaba. Y me identifiqué con Tomás, el incrédulo, que no estaba con la comunidad cuando se presentó en medio de ellos Jesús Resucitado.

Yo tampoco “estaba” la primera vez. Por eso, por mucho que me hablaran de que se había aparecido y de que era él, yo no les creía. Como Tomás, necesitaba ver el agujero de los clavos en sus manos y meter la mano en el costado, necesitaba que Jesús se dirigiera a mí y me hablara así como habla él: con claridad y firmeza, sin reproche en su voz. Ven aquí, toca mis manos, pon la tuya en mi costado, soy yo.

No olvido su mirada, el tono de su voz, su mano cálida acercando la mía a su cuerpo y mi respuesta, esta vez, de una fe que no se basa en “no ver” sino que, pasando por los sentidos, se hace más fuerte cada día. No es cosa de un día, de una experiencia pasajera. Así como él tenía la marca de los clavos en sus manos y el costado abierto, mi cuerpo también tiene memoria y cada día abro el oído de discípula para que me enseñe: primero en el silencio de la mañana, a solas con El, después a lo largo de la jornada se me hace presente en las personas que me encuentro y con quienes comparto mi vida.

Veo todo de forma diferente, me fijo más que antes y, sobre todo, siento que he descentrado la mirada de mí misma. Intento mirar con la misma calidez con la que me siento mirada y sobre todo intento no juzgar a primera vista, aunque reconozco que todavía me queda un largo recorrido por hacer. Voy, sobre todo, más allá de lo obvio, porque: si no ofrezco un toque de esperanza en medio de tanto absurdo y decepción ¿de qué me sirve la fe?

La fe es “un ser vivo” que tiene vida y que hay que cuidar y alimentar. En un tiempo estuvo muerta o dormida pero ha resucitado en mí y ahora ya no entiendo mi vida sin ella. Mi fe es Jesús y su proyecto de vida, el reino: justicia, igualdad, dignidad para todos y todas. Su vida, su palabra, su utopía es para los que hemos resucitado con él.

Si no le ves, si no le oyes, si no le tocas….

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