Sacerdotisas: ¿El nuevo rostro de la Iglesia?

4 Abr

Por Cristina Ávila-Zesatti

Publicado en Redes Cristianas

 

“Mi decisión ha sido un largo y reflexivo proceso, hasta que finalmente llegué a un punto de no-retorno y decidí dejar de tener miedo. Cuando supe que nuestra labor podría ayudar a millones de mujeres, entonces di el paso definitivo. Nosotras no estamos en contra de nada ni de nadie, al contrario, creo que somos incluyentes.” Christine Mayr-Lumetzberger, una de las primeras sacerdotisas católicas.

Mujeres en el sacerdocio y el fin del celibato obligatorio: ésas son sus premisas. Alrededor del mundo las voces femeninas crecen y hacen temblar a lo que constituye –quizá–, uno de últimos  universos eminentemente masculinos: la jerarquía de la Iglesia Católica.

Ante estas demandas consideradas subversivas, el Vaticano ha recurrido al peor de sus castigos: excomulgar a todas estas mujeres que sin embargo, hoy ya ejercen como ‘Sacerdotisas’ a pesar de la prohibición oficial.

Dicen las escrituras que Jesús fue bautizado en las aguas del Río Jordán. Quizá por ello las mujeres que en diversas partes del mundo han optado por ordenarse sacerdotes, realizan siempre sus ceremonias al abrigo de un significativo río de la región donde habitan: el Danubio en Austria y Alemania, el río San Lorenzo entre Canadá y Estados Unidos o el río Saone, en Francia.

Cuando en julio del 2001, representantes de 26 países se reunieron en Dublín para el Primer Congreso Ecuménico del Movimiento Mundial por la Ordenación de la Mujer, probablemente el Vaticano no tomó muy en serio sus planteamientos; después de todo, el sacerdocio femenino fue oficialmente prohibido en los albores mismos del catolicismo, concretamente en el año 325 durante el llamado concilio de Nicea. Y desde entonces hasta ahora, del siglo IV hasta la fecha, la cuestión ha permanecido aparentemente inalterable.

Inquebrantable. Pero no para todos, puesto que para bien o para mal, las disidencias también son eternas. Fue en 2002 cuando Rómulo Braschi, un arzobispo argentino, él mismo excomulgado, y fundador de la Iglesia Carismática Católico-Apostólica de Jesús Rey, se decidió a ordenar como sacerdotes a un simbólico número de 7 mujeres: cuatro alemanas, dos austriacas y una estadounidense. Así, ante la presencia de unos 300 testigos, estas mujeres recibieron el sacramento ritual de la orden sacerdotal, mientras navegaban como un vals sobre las aguas del ‘Danubio Azul’: el movimiento clerical femenino, no hacía más que comenzar. EL PEOR CASTIGO Y POR LA DIGNIDAD DE LA MUJER En agosto de 2002, el fallecido Papa Juan Pablo II hacía su quinta (y última) visita a México, pero para entonces, un documento que otorgaba el peor castigo católico posible para estas mujeres, ya estaba redactado.

La Congregación Vaticana para la Doctrina de la Fe (el organismo católico que antes fue llamado “La Santa Inquisición”), decretaba para ellas la excomunión, y firmaba el escrito el prefecto máximo: el entonces cardenal alemán Joseph Ratzinger, convertido ahora en el Papa Benedicto XVI.

“Cristo no llamó a ninguna mujer para ser su apóstol”: ése es el argumento central del Vaticano para prohibir y en este caso deslegitimar la ordenación femenina. Siempre bajo esta interpretación de “la palabra santa”, sólo a los hombres les es concedido el triple poder sacerdotal de enseñar, santificar y gobernar, así como la facultad de otorgar los santos sacramentos. Si el Papa Honorio III (1227) sentenciaba que “…las mujeres no deben hablar, porque sus labios llevan el estigma de Eva”, el Papa Juan Pablo II fue mucho más conciliador, sin que por ello cediera terreno alguno.

Karol Woytila, el Papa Mariano por excelencia,  dictó en 1988 la carta apostólica “Mulieris Dignitatem” y en 1994 la “Ordinatio Sacerdotalis”, ambos escritos son dulcemente tajantes al respecto del lugar de la mujer en la iglesia: “…no se puede de ninguna manera conducir a la «masculinización» de las mujeres (…) no puede tender a apropiarse de las características masculinas, en contra de su propia «originalidad» femenina”.

PALABRA DE MUJER: LA IGLESIA SOMOS TODOS

Después de la primera ordenación del llamado grupo de las 7, al menos otra docena de mujeres más en todo el mundo se han hecho “oficialmente” Sacerdotisas. Ninguna ha querido renunciar a su fe católica y algunas de ellas están incluso casadas, puesto que el Movimiento por la Ordenación de las Mujeres no sólo defiende el ministerio femenino, sino además, promueve el fin del celibato obligatorio entre los sacerdotes, tanto hombres como mujeres. Estos son algunos testimonios de estas subversivas “Sacerdotisas Católicas”, cuyo movimiento va expandiéndose entre la grey. A pesar de que su iglesia les ha cerrado las puertas y ‘condenado’ doblemente (por ser mujeres y además desobedecer al Vaticano), en al menos tres continentes del planeta ellas ya llevan a cabo todas las ceremonias que, hasta ahora, estaban reservadas sola y exclusivamente para los hombres.

Christine Mayr-Lumetzberger. Austria. Pertenece al llamado grupo de las 7. Ordenada en 2002 por el Arzobispo Braschi. Casada. Responsable de otras ordenaciones tanto en Europa como en Estados Unidos y Canadá. Miembro de la organización “Somos Iglesia”:“Mi decisión ha sido un largo y reflexivo proceso, hasta que finalmente llegué a un punto de no-retorno y decidí dejar de tener miedo. Cuando supe que nuestra labor podría ayudar a millones de mujeres, entonces di el paso definitivo Nosotras no estamos en contra de nada ni de nadie, al contrario, creo que somos incluyentes.

La Iglesia nos necesita. Hemos sido objeto de muchos malos entendidos y sin embargo, la gente en nuestros lugares nos acepta y nos respeta, es el clero quien nos rechaza, probablemente porque hay un miedo intrínseco en la Iglesia a todo aquello que sea femenino. Yo sé que nuestro movimiento será durante un tiempo sólo un grupo profético, que quizá en el futuro establezca cambios significativos en la Iglesia y sobre todo entre los católicos. La jerarquía debe comprender que el mundo ha cambiado y nosotros y la Iglesia, debemos cambiar también. Sobre el Papa Benedicto, (…) mh… estoy segura que si algún día tuviéramos la oportunidad de hablar personalmente, él entendería nuestra postura, así como a mí me gustaría escucharle para conocer la suya”

Geneviève Beney. Francia. Teóloga desde 1980. Ordenada en Julio del 2005 por dos Obispas del llamado Grupo de las 7. Está casada con un protestante. Miembro de la Asociación “Mujeres y Hombres en la Iglesia”: “Por supuesto que todavía soy católica. El catolicismo no es el problema. Yo creo en mi religión, sin embargo, sabía que correría el mismo destino que mis primeras compañeras sacerdotisas, y que me exponía a la excomunión, aunque yo no he recibido ninguna carta oficial del Vaticano. Por ahora y durante algún tiempo, seremos solamente un ‘movimiento de protesta’ pero tengo la esperanza de que las cosas cambiarán. Yo por ejemplo pensaba que nunca en mi vida vería oficiar a una mujer sacerdote y ahora ¡lo estoy haciendo yo misma! Y la gente me busca para que les de los sacramentos o la confesión, no tienen miedo y además ¡somos necesarias!

Aquí en mi región hay un solo sacerdote para atender (¿) 12 pueblos. La gente nos necesita y la Iglesia también. Nosotras como mujeres, quizá somos más sensibles para ciertos temas. Nuestro sacerdocio es igual, y diferente al mismo tiempo. No queremos quitarle el lugar a los hombres, queremos tener el nuestro, otorgar nuestra visión femenina. Es por eso que también pedimos que el celibato no sea obligatorio, porque yo, como mujer casada que soy, puedo entender mucho mejor quizá algunos problemas de mi gente. Desgraciadamente la jerarquía es una institución machista o en el mejor de los casos misógina. Ellos hablan de una ‘dignidad femenina’ desde su visión, pero nadie nos ha preguntado sobre nuestra propia idea de dignidad. Comprendo que se sientan amenazados: nos hemos atrevido a cuestionar  su poder y el destino de la mujer en la Iglesia.

Victoria Rue. Estados Unidos. Activista en pro de la Ordenación femenina y de los derechos de los grupos marginados, incluidos gays y lesbianas de Estados Unidos. Durante un tiempo fue monja. Es soltera, pero vive en pareja desde 1990. Escribe y dirige obras de teatro sobre su ministerio religioso: “Yo tengo una casa-iglesia en donde ofrezco los sacramentos a todas aquellas personas que como a mi, el Vaticano nos ha cerrado la puerta: prisioneros, gente sin hogar, lesbianas y homosexuales, a quienes por cierto, ahora la alta jerarquía quiere equiparar a los pederastas, y eso me parece muy injusto. Soy católica, pero también creo en una iglesia donde la sexualidad no sea necesariamente pecaminosa, porque entiendo que la sexualidad también es un regalo de Dios.

Creo firmemente que las mujeres podemos crear una iglesia donde todo el mundo sea bienvenido a la mesa. De eso y muchas cosas más se asusta la jerarquía. Ellos saben que con nuestra llegada cambiará todo: los rituales, el lenguaje y la jerarquía misma. El nuestro es un movimiento profético que  llama al futuro de la Iglesia. Ellos deben superar de una vez por todas, su temor a lo femenino, pues ya se han cometido muchos errores y muchos crímenes debido a esos recelos”

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