Dolores Aleixandre: “¿Por qué tenemos tanto miedo al sueño circular y fraterno de Jesús?”

21 Mar

“Estoy cansada de la situación de la mujer en la Iglesia actual”

Publicado por  José Manuel Vidal en Religión Digital, 16 de marzo de 2012

“Cada vez que se intenta someter todo al pensamiento único, se empobrece la Iglesia”

Dolores Aleixandre es una mujer excepcional. Religiosa del Sagrado Corazón, pionera en los estudios bíblicos y teológicos en España y, sobre todo, maestra de espiritualidad. Una espiritualidad suave y valiente a la vez. Liberadora, profética, y al mismo tiempo muy nazarena, muy de Jesús. Seduce por su testimonio y su sentido del humor. El video de su entrevista ronda ya las 4.000 visitas.  Buscadora de lo esencial, pide potenciar “el sueño circular y fraterno de Jesús” y que la Iglesia no se empobrezca “con el pensamiento único”.

Lleva ya un tiempo jubilada, pero sigue jubilando y jubilosa, publicando sin parar. Sus últimos libros son Hilvanes y pespuntes (en Fe Adulta), Mujeres ignacianas (en Salterrae), y Un tesoro escondido: las parábolas del Evangelio (en la editorial CCS).

¿Se te puede definir como una mujer de Dios?

Ojalá. Es lo que más podría gustarme

¿La felicidad puede venir de la creencia en Dios y en Jesús de Nazaret?

Claro. Cuando él decía: “La alegría que yo os doy no os la puede quitar nadie”, eso es como un farol impresionante, porque tan fácilmente, por cosas tan chicas se nos va la alegría… pero la Palabra está ahí, como si fuera un montón de felicidad. Felicidad que es compatible también con el sufrimiento, con el dolor del mundo. Está mezclada, como el misterio pascual.

¿Has vivido tú esa mezcla de alegría y dolor, como la cruz y la resurrección?

Claro. Quién no.

¿Has vivido algún momento de desesperanza?

No. La vida y Dios a través de ella me han tratado muy suavemente.

¿El Sagrado Corazón es una congregación pequeña?

No. Cuando entré éramos siete mil. Ahora somos cuatro mil. Nuestra fundación es francesa, de 1800. Nos hemos dedicado siempre a la educación, y a partir del cambio conciliar la palabra educación se ha abierto mucho. A mí me gusta aquello que decía Blas de Otero: “Poner al hombre en pie”. Entendemos así la educación.

¿Estáis en todo el mundo?

Sí.

¿Te has sentido siempre feliz siendo monja?

La verdad es que sí.

¿No echas de menos cualquier otra vocación?

Yo creo que, cuando pasas ya de los 40 y te das cuenta de que no vas a tener hijos ni marido, sí hay un momento en que eres más consciente de aquello a lo que has dicho no. Entonces, es el momento de enraizar más aquello a lo que has dicho sí. La gente, las personas, las relaciones, suponen tal riqueza, tal fuente de amistad y comunicación, que sólo con eso tenemos un tesoro en el celibato.

¿Te sientes una mujer realizada? ¿Qué piensas de aquello que se decía y se repetía, de que “se casan con Dios porque no hay quién se case con ellas”?

Eso es terrible. Y no es verdad.

¿En algún momento dudaste?

No. Entré en el convento a los 20 años, y  hay una etapa previa como en  la vocación de Samuel aunque ahí todo pasa en una noche:  lo normal es que pases un tiempo largo en búsqueda. Luego te enamoras, luego vuelves a pensar que eso no termina de ser lo tuyo… hasta que te decides. Esas etapas son buenas. Creo que no habría que admitir a nadie en una congregación que no haya pasado por un proceso de maduración previo. Porque, si no, después surgen muchos problemas.

¿La vida religiosa tiene futuro?

Sí.

¿Redimensionada, quizás?

Sí, mucho. En número y en estructuras. Estamos en un momento que yo encuentro precioso, que es de poda. Nos están podando muchísimo.

¿Y duele?

Claro. Duelen el envejecimiento y la disminución, pero, a la vez, nunca habíamos tenido una vida apostólica con más creatividad y con más proximidad unas congregaciones de otras. La pobreza nos ha hecho más humanas, nos ha bajado de ciertos pedestales. Cada congregación estaba en su especie de burbuja y ahora  ha desaparecido y  fluyen mucho más la proximidad y la cordialidad. Nos apoyamos y consultamos más unas a otras. Y eso es muy valioso.

¿Llegasteis a ese camino, entonces, por la fuerza?

Sí. Y no pasa nada porque haya sido así.

¿Suele ser así cuando se purifica la Iglesia? ¿De forma forzosa?

Creo que sí. Mira, estos días, leyendo en Marcos los preparativos de la Pasión, el texto dice: “El hijo del hombre se va conforme está escrito de él”. Aunque  la Escritura no dice eso “tal cual”, pero él hace su propia lectura  y lee las circunstancias de su vida a la luz de la Escritura. Y Marcos usa un verbo que significa caminar, pero caminar sometido, llevado. Jesús va a la muerte empujado por las circunstancias. Pero camina haciendo suyo ese trayecto en el que es capaz de leer más allá de la apariencia. Algo así ocurre en la vida religiosa:  las cosas han venido así, con su proceso de secularización. Sólo ver en lo que ocurre en las familias con hijos únicos: es más difícil que una hija única se haga monja. Pero otro elemento importantísimo es que el Concilio declara que la llamada a la santidad es universal y eso supone mucho cambio. En mi generación no era así: para ser santa había que ser monja.

¡Menos mal que ya no es así!

Claro, menos mal ¡Es una suerte! Es como cuando se rompen las tapias de un jardín cerrado, y ahora puede transitar todo el mundo. En la Iglesia habrá un sector quizá minoritario, que optará  por  la vida religiosa como camino de seguimiento… pero en sinfonía con  otros carismas y opciones y para mí esa es una de las  aperturas más ricas que hizo el Concilio aunque trajo vendavales, claro. Pero eso de no sentirnos, los religiosos, por encima del resto, era un cambio teológico que necesitábamos.

¿O sea que se democratizó la santidad? ¿Se puso al alcance de cualquier persona que quiera seguir a Jesús?

Claro.

Piensas, entonces que va a haber menos vida religiosa, pero, ¿será más genuina, más auténtica? ¿Con menos poder y más intercongregacionalidad?

Sí. Yo he vivido 5 años en una comunidad inter, en un proyecto de Cáritas para familias sin techo, en un bloque de 60 apartamentos. Había trabajadores sociales, pero Caritas quería también una comunidad de religiosas. Y como a nadie le puedes pedir hoy 4 personas  para  ello, algunas provinciales de CONFER  hicieron suyo el proyecto, pidieron voluntarias y hemos estado 4 religiosas, de 4 congregaciones distintas formando comunidad. Íbamos un día a la semana a la congregación de origen, pero el resto de los días vivíamos en esa comunidad:  rezábamos juntas, compartíamos bienes y en la casa  de Caritas ejercíamos una especie de “ministerio de la visitación” entrando en relación con las familias.

¿Una comunidad piloto?

Sí, intercongregacional.

¿Y funcionó bien?

Sí, de maravilla, y  ahora hay otras 4, y otras 4  también en otra casa de Cáritas. Van creciendo las experiencias.

¿O sea que el futuro puede apuntar a eso?

Por lo menos en ciertas circunstancias.

¿Y las experiencias mixtas no cuajan?

Yo creo que son más complicadas.  Estuve en los años 80 en una comunidad mixta. Éramos 4 religiosas, un seminarista (José Luis Álvarez Santacristina, que luego salió del seminario y pasó a ETA), en un reformatorio de chicos en San Sebastián. Formábamos pequeñas familias con 6 o 7 chicos, y hacíamos un poco de padre y madre de aquel conjunto.

José Luis ha vuelto a la fe.

Sí, ha vuelto otra vez a sus raíces creyentes. La verdad es que aquel proyecto era demasiado utópico: hacer comunidad de vida, de trabajo y de fe.  Y contamos poco con la condición humana…y aquel experimento no acabó muy bien. Las comunidades mixtas que surgen ahora tienen otro perfil.  He estado hace poco en Bose (Italia)  donde hay monjes y monjas, protestantes  y católicos, con  un trabajo precioso en torno a la Palabra.  Nacen  de forma más reposada, más tranquila.

¿Sabiendo mejor lo que se pretende?

Claro, pienso que sí. Otras formas que surgen hoy son comunidades de laicos, célibes, matrimonios… y a mí me parece precioso. Creo que es vivir el rostro, la realidad de la Iglesia, desde carismas que se complementan.

¿Cómo ves a la Iglesia española? ¿Te duele en estos momentos?

Sí. Claro. Siento que hay miedo y eso es malo. Jesús, cada vez que se aparece a los suyos, les dice “no temáis”. Juan Pablo II comenzó su pontificado diciendo también “No tengáis miedo, abrid las puertas a Cristo”.  Pero ahora hay bastante miedo: a lo plural, a la disensión. ¡Pero la Iglesia ha nacido en plena disensión! Disentir no es romper la comunión. Cada noche de Pascua escuchamos  en la lectura del Génesis: “los hizo a cada uno según su especie”. De diversa manera, con distintos acentos. Eso es una de las riquezas de la Iglesia que otros nos envidian, porque de por sí ,no hay un pensamiento único. Cada vez que se intenta someter todo al pensamiento único, al modo litúrgico, celebrativo, teológico, o espiritual único, eso empobrece. Limita.

¿Hay miedo a las decisiones, a las advertencias, y a las reacciones en el campo teológico?

Sí, y estamos cansadísimos de tanto miedo.

¿Cómo se supera eso?

Yo creo mucho en las relaciones personales. Lo primero que rompemos es eso que en Castilla se llama “el roce”. Nos separamos cuando dejamos de acercarnos, dialogar, manifestarnos como somos, comer juntos. Hemos descuidado esos gestos elementales. Aunque se piense distinto, porque cada uno está en su derecho. Pero hay diferencias que se disuelven en una sobremesa.

¿También te duele la situación de la mujer en la Iglesia actual?

Sí que me duele, pero, más que dolerme, estoy cansada. Tengo la impresión de que llevamos con el mismo discurso demasiado tiempo. Muy anclado, por una parte y por otra, en sus posturas. Hay un temor en la Conferencia Episcopal, como si cualquier mujer que defiende sus derechos estuviera reclamando la ordenación. Y no se trata de eso, sino de que el Evangelio empuja de abajo a arriba, porque habla de una comunidad circular en la que alguien tiene la presidencia, pero en la que todos somos hermanos y hermanas. Un día le pregunté al cardenal Rouco, en una conferencia en Santiago: “Don Antonio, si el matrimonio es indisoluble porque el Evangelio  dice “lo que Dios ha unido, no lo separe el hombre”, también dice el Evangelio:  “No llaméis padre y madre, maestro ni señor, porque sólo hay un Padre”. Y  sin embargo tenemos la Iglesia llena de padres, abades y  monseñores. ¿Es que es apócrifo este texto? Me pregunto por qué tenemos tanto miedo al sueño circular y fraterno de Jesús y creo que  tenemos  mucha confusión entre autoridad y poder.

¿Es el poder, al final, la gran tentación de toda institución, también de la eclesiástica?

Pienso que sí y que forma parte de nuestro pecado original.

¿Ves alguna salida a corto plazo? ¿Un Concilio, la decisión de un Papa por la igualdad, contra el escándalo de que la Iglesia sea prácticamente la única institución a nivel internacional donde no se admita la presencia de la mujer en igualdad de condiciones?

Hay una novela que me ha gustado muchísimo y recomiendo: se llama Vaticano 2035. El autor, Pietro di Paoli, parece que es un pseudónimo, y hay quien piensa, por lo bien que conoce la Iglesia, que es alguien de la Curia.  Es una novela llena de amor a la Iglesia pero  haciendo propuestas diferentes.  En ella,  Benedicto XVI dimite al llegar a los 80 años y uno de  los papas que le suceden  es un viudo con dos hijas y ha sido premio Nobel de la paz por haberla conseguido entre israelíes y palestinos. Y lo primero que hace cuando accede al papado es nombrar cardenales a algunas mujeres: una teóloga feminista para la Congregación para la Doctrina de la Fe y una monja de la madre Teresa, que está en Calcuta de médico, para todo lo que es Caritas en la Iglesia . Mientras leía el libro, iba asintiendo internamente: “Son cosas  normales”. Y al acabarlo pensaba ¡pero si lo raro es lo otro!  Raro es lo que ahora estamos viviendo.

El problema es que llevamos con “lo raro” muchos siglos.

Sí, muchos.

¿Crees que el Vaticano II no se ha desarrollado, o que estamos en una etapa de involución?

Pienso que para convocar un Concilio haría falta más “masa crítica” que se sume a los movimientos del Pueblo de Dios que están empujando en esa dirección. Pero no creo esté presente en el episcopado ni en la Curia.

Pero en época de Juan XXIII se podía aplicar un mismo esquema, hasta que llegó precisamente el Papa. Pero el episcopado era el mismo que en la época de Pío XII, o incluso “peor”. El Espíritu tendrá que soplar de alguna manera, ¿no?

Sí, pero, ¡es tan distinto su soplo del que nos gustaría! Quizá esta “era del hierro” que estamos viviendo pueda purificarnos. Lo que pasa es que hay mucha gente que se está yendo de la Iglesia.

¿Ése es el problema? ¿La salida radical y masiva hacia la indiferencia?

Es un dolor y una situación dramática, y además  se está rompiendo la transmisión de la fe (si no se ha roto ya). Hay una inquietud enorme por parte de padres y madres jóvenes, que son cristianos, pero no saben cómo pasar la fe a sus hijos. Todo lo que sea favorecer eso nos ayudaría a continuar, pero hay cantidad de familias cristianas que no saben cómo hacerlo.

Pero, ¿para eso no hace falta ilusionar primero a los curas, a los catequistas y demás gente? ¿No habría que volver a la primavera post-conciliar de la creatividad y la alegría? ¿No se ha perdido eso, quedándonos una especie de funcionarios que se dedican a decir misas?

Sí. Por eso lo que nos urge hoy es la vuelta a Jesús, la vuelta al Evangelio que sigue teniendo tiene un inmenso poder de sugestión, de atracción y de asombro, que redime lo que tenemos, eclesialmente, de apagado y desvaído. Creo que amamos la Iglesia a partir del Evangelio, no al revés pero quien está fascinado por Jesús, entiende y puede amar después la comunidad en que mantenemos su nombre. Estando en Israel, hice un retiro en el lago de Galilea, allí  los franciscanos tienen una iglesita y, desde  el  monte de las Bienaventuranzas miraba el ir y venir de los autobuses de peregrinos… Y era una maqueta de lo que es la Iglesia:  la comunidad que mantiene viva memoria de Jesús, su Evangelio y su Eucaristía. Pero le hemos puesto tantos sobreañadidos que  es difícil acceder a ese tesoro central que es Jesús . Hay demasiadas cosas y ruidos superfluos.

¿O sea que hay que volver a lo esencial?

Claro.

Pero eso también lo está diciendo Benedicto XVI, al menos en sus discursos.

Es cierto. Pero para “volver a lo esencial”  hay que soltar lo accesorio. Y eso ya nos cuesta más.

¿Estamos de acuerdo en qué es lo esencial, pero falta dar el paso? ¿No se sabe cómo soltar “lo accesorio”?

Soltar es fácil:  no tendríamos más que abrir las manos.

¿Pero tienen que empujar desde fuera?

Ya están empujando. Estamos perdiendo gente tan buena, tan buscadora… Participo en un grupo que anima Pablo D’Ors.

Buen novelista.

Y buen cristiano, y buen cura. El grupo se llama Buscadores de la Montaña. Somos poca gente, pero muy plural. Hay gente post-cristiana, gente en busca de espiritualidad,  cristianos que no encuentran su sitio en la Iglesia… Y se busca recuperar desde dentro elementos centrales como la oración o los ritos…. Hacemos meditación silenciosa, leemos textos de la tradición espiritual cristiana o sufí o hinduista.  Y también  un tiempo de “introducción al rito” para recuperar a nivel profundo  los signos litúrgicos, más despojados de lo rígido.

Pero los “talibanes” llamarían a eso herejía.

Sí, pero allá ellos, es su problema. Pienso que es una gran ayuda para los que participan en el grupo poder recuperar  por ejemplo el significado de  la imposición de la ceniza o la renovación de las promesas del bautismo… ¡hasta la imposición del escapulario del Carmen como una devoción tradicional mariana. Tendría que haber más grupos así porque hay mucha gente que necesita ayuda  para reencontrar el lenguaje eclesial desde dentro y comprender mejor su contenido.

¿Qué curas quieres tú para la Iglesia de hoy?

Quiero “místicos en la plaza” o en el café, más “expertos en humanidad” cercanos de la gente. Tengo temor a que la formación en los seminarios sea en una burbuja insonorizada y aséptica. Creo que lo esencial de la formación es contagiar la pasión por Dios,  formar orantes  fascinados por Jesús y su Evangelio. Pero capaces, a la vez, de tomarse una caña con los no creyentes.  Desde una Fraternidad de Hermanitos de Jesús (de Carlos de Foucauld) en un barrio popular, uno de ellos decía: “Miro la gente en esta plaza, y siento que esa es mi gente, que mi sitio está ahí, con ellos”.  ¿No es también “la plaza” el sitio de un cura?  La parroquia,  pero también “la plaza” porque, como no salgan en la primera, se quedarán solos.

Me contaban unas catequistas que llegó un cura joven con su “clergyman”, y les dice a ellas, mujeres hechas y derechas , gente de Iglesia de toda la vida: “Pueden ustedes llamarme Don Pedro…”  Y ellas, atónitas, sin entender este modo de llegar a una comunidad cristiana investidos de poder.  ¿De qué poder?, pero si para Jesús el poder está en despojarse del manto y agarrar la toalla y la jofaina! Siéntate con ellas, apréndete sus nombres,  pregúntales si están en el paro,  si llegan a fin de mes. Mucha gente prefiere ahora que les  llegue un cura mayor a la parroquia porque hay temor a e curas que llegan imponiendo y que a la hora de tratar con  las mujeres y con las religiosas vuelven a invocar  “nuestro cometido propio” y nuestra “dignidad peculiar” y  en cuanto  esa dignidad es “peculiar”, ya se sabe lo que se está queriendo decir.  Las relaciones que instaura el Evangelio fluyen de persona a persona, de hermano a hermano,  pero si se decide que lo de la mujer es  “peculiar”, algo raro se  esconde detrás de ese calificativo.

No entiendo tampoco que haya libros de ciertos autores que no se puedan leer en el seminario y que haya teólogos prohibidos ¿por qué hay miedo a aquello que hace pensar y hacerse preguntas…? ¿No es extraño que en algunos seminarios no tengan acceso por ej. a una revista como Vida Nueva?  Un seminarista se llevó de mi casa un montón de números atrasados como si fuera material pornográfico… Me pregunto qué resultado van a dar después ciertos modelos formativos.

Se ha hablado mucho últimamente de que la Iglesia, en este contexto de crisis, debería hacer un gesto público y claro. Impulsar la solidaridad desde las bases, desde todos sus medios. Pagar el IBI, por ejemplo…

Pues, ¡buenísima idea!

El Padre Ángel acaba de decir a los obispos que abran las catedrales y que las conviertan en comedores para la gente que lo necesita. Lo mismo que pide a los políticos.

A mí, en la misa de Cuatro Vientos, el tiempo de adoración de la Eucaristía me pareció mágico, en que se creó  un clima muy especial. Pero me faltó para que hubiera sido perfecto, que al terminar el Papa dijera : “Vamos ahora a hacer, a nivel de toda España, una colecta para el cuerno de África”. Hubiéramos unido  entonces la adoración de la Eucaristía  con el gesto del   Pan roto y compartido por la vida del mundo.

Desde aquí también pedimos ese gesto.

¡La Iglesia tiene a su alcance y en su tradición tantos gestos  capaces de pro-vocar  y sacudir las conciencias!  Y no contentarse solamente con lo que  Cáritas está haciendo y  representando hoy en España.

¿Debería ser, en estas circunstancias, aún más samaritana?

Por supuesto, y hacer gestos más provocadores.

¿Deberían recuperarse las delegaciones de trabajo y oficinas contra el paro que se crearon en las parroquias en los años 80? ¿Podemos pedir algo así?

Sería bueno que se unieran las comunidades de base eclesiales para pedir gestos de ese tipo porque así no serían iniciativas aisladas, y se conectaría con lo que tanta gente está esperando  hoy.  A veces nos pierde  el tono mesiánico o solamente reivindicativo . Es verdad que hace falta gente capaz de levantar la voz y ser radical,   pero también hacen falta personas con otro tono, capaces de convencer sin acorralar. Con eso a veces sólo se consigue que se retraiga más la jerarquía. Creo que hay que buscar más vías de diálogo con los obispos, hacerles llegar más el sentir de muchos creyentes desconcertados y también impacientes.  Hay obispos muy sensibles a lo social y que están ya haciendo esos gestos en sus diócesis. Pero haría falta que lo hicieran juntos y públicamente, para que tenga repercusión mediática.

Algunos titulares

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Gracias al Concilio Vaticano los religiosos dejamos de sentirnos por encima del resto

La Iglesia tiene miedo a lo plural, habiendo nacido en plena disensión

Cada vez que se intenta someter todo al pensamiento único, se empobrece la Iglesia

Estoy cansada de la situación de la mujer en la Iglesia actual

El Evangelio empuja de abajo a arriba, porque propone  una comunidad circular

El Evangelio dice “no llaméis a nadie padre…” ¿por qué tenemos la Iglesia llena de padres y monseñores?

¿Por qué tenemos tanto miedo al sueño circular y fraterno de Jesús?

Quizá la “era del hierro” que estamos viviendo pueda purificar el Espíritu de la Iglesia

El Evangelio tiene tal poder de atracción, que redime lo apagada y desvaída que está la Iglesia

Creo que amamos la Iglesia a partir del Evangelio, no al revés

Es difícil acceder a Jesús por culpa de todos los sobreañadidos que le hemos puesto a la Iglesia

¡El sitio del cura es también la plaza!

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