“Aquellas cristianas del siglo I”

3 Mar

II CELEBRACION DE LAS MUJERES en Durangaldea

Una cita para recordar, agradecer, reivindicar y celebrar

Medio centenar de mujeres y una decena de varones, pocos pero selectos, nos dimos ayer cita en el Museo de la Vera Cruz de Durango para recordar, agradecer, reivindicar y celebrar. Recordar con agradecimiento a las cristianas del siglo I y a muchas otras que, en la Iglesia o en la sociedad, construyeron Reino y nos regalaron la palabra. Reivindicar que la igualdad y la fraternidad enriquecerán nuestras comunidades cristianas y que la exclusión de las mujeres de los ministerios y círculos de decisión no viene ni de Dios ni de Jesús, sino de las sociedades patriarcales en las que creció el cristianismo. Por ultimo, para celebrar que somos la esperanza y el futuro de la iglesia, juntas tenemos poder de transformación e ilusión en una institución entristecida como “casa de viudos”. 

El acto comenzó con un repaso histórico al importante papel jugado por las primeras cristianas en la expansión y enraizamiento del Cristianismo. Gracias a los avances y descubrimientos de las últimas décadas, sabemos con certeza que aquellas mujeres desempeñaron ministerios de profecía, diaconía, misioneros o de enseñanza. Pudimos rasgar el velo de invisibilidad con el que las sucesivas generaciones de sociedades patriarcales habían envuelto a aquellas hermanas, tan lejanas y cercanas como Priscila, la misionera itinerante, o Febe, la admirada diaconisa.

De la mano de dos teólogas, Carmen y Magdalena, volvimos la mirada a la Hemorroísa y a la hija de Jairo, mayor una, joven la otra, ambas afligidas por la enfermedad, segregadas por impuras. La mayor quiere vivir y su fe la hace osada, se atreve a tocarle el “manto” a Jesús, en un gesto de intolerable intimidad. La joven, en cambio, no desea vivir, pero Jesús la levanta. La una nos contagia la osadía de buscar el contacto personal, íntimo y directo con el Dios de Jesús; la segunda nos anima a convertirnos en “levantadoras” de personas afligidas de tantos males, tantos pesares.

Con Priscila y Febe, la hemorroísa y la hija de Jairo, con Teresa de Jesús y Anna Maria van Schurman y con tantas otras, compartimos el haber conocido a Jesús, el deseo de querer seguir conociéndole, seguir “tocando manto” y el impulso que nos lleva a actuar en nuestra sociedad, a dar parte de nuestro escaso tiempo como catequistas o como voluntarias en una ONG, y a tener una actitud de “servicio” (diaconia) en nuestros ámbitos profesionales, familiares o personales.

Como aquellas primeras comunidades, tan diversas, mujeres de diferentes edades, profesiones y carismas, venidas de Elorrio, Mallabia, Amorebieta, Bilbao, Iurreta y del mismo Durango compartimos comida, bebida y charla al lado de la Cruz de Kurutziaga, abrazada por el pecado con cuerpo de serpiente y rostro de mujer. Imagen que encarna la utilización de la religión para justificar un orden social injusto contra el que nos rebelamos. Casi tres horas después de empezar nos despedimos, eso sí,  más esperanzadas, más acompañadas, más conscientes de nuestra valía y de que la transformación de la Iglesia o la hacemos las mujeres o no se hará.

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