Las Ammas del desierto vistas por Marifé Ramos

25 jun

“Son mujeres portadoras de sabiduría, y se nota la diferencia: su sabiduría no es erudición, es saborear.”

“Caminan hacia una humildad muy realista en la que dicen: «tenemos que saber quiénes somos, tenemos que conocernos muy bien, y a continuación integrar nuestro ser. De alguna manera, hagámonos amigas de lo que somos, porque si no, no vamos a salir adelante».

Cuando estudiábamos Teología, Historia de la Teología, Historia de la Iglesia, nos hablaban de los Padres del Desierto y de los Padres de la Iglesia. ¡Ay, cómo se han callado a las Ammas del Desierto y a las Madres de la Iglesia! Hoy las traemos aquí porque si no hubiera sido por la fuerza del Espíritu no hubiera habido esa corriente. Estamos hablando de momentos en los que se pudo llegar a contar veinte mil mujeres en esa corriente.

¿Por qué no nos ha llegado su voz? Porque ellas no se dedicaron a escribir. Bastante quehacer tenían la mayor parte de ellas. Y los hombres no tenían  mucho interés en contar lo que las mujeres decían y hacían, y, ya veis, veinte siglos después tampoco lo tienen. Por eso se han perdido muchas cosas que han dicho las mujeres. Pero felizmente, gracias al ruso, a manuscritos que llegaron a través de Rusia, se han podido ir traduciendo cosas y se han recuperado palabras de las madres del desierto y palabras de las mujeres madres o abadesas de los monasterios.

De todas maneras hay decir que toda la vida de estas mujeres fue palabra. Una de ellas dejó libres a ocho mil esclavos. Y eso no debía de ser fácil. En general, cuando ellas se van al desierto, previamente han entregado a los pobres todo lo que tenían. Y esto también es palabra que nos han dejado. En los monasterios, una de ellas, por ejemplo la hermana de san Pacomio, no hace ninguna distinción entre siervas y señoras, y es la primera vez que eso ocurre en la vida monástica. Y también es una manera de situarse, una manera de hablar.

Estamos hablando de mujeres que en torno al año 250 empiezan a irse al desierto, y tuvo que ser realmente algo movido por el Espíritu, porque no es normal que las encontremos lo mismo en la cuenca del Nilo que en Alejandría, Turquía, Siria, Líbano… Es decir, ellas, con los medios de comunicación de entonces  no pudieron ponerse de acuerdo, pero coinciden en que desean una vida de seguimiento radical y necesitan un espacio —que va a ser el desierto— que les va a proporcionar condiciones para crecer humana y espiritualmente.

¿Qué es lo que hacen en el desierto? Prepararse intensamente. Hay bastantes mujeres que se saben el salterio de memoria (hay el caso de una de las niñas que a los cinco años se sabía ciento cincuenta salmos de memoria). Alguna sed habría en el interior de estas mujeres que hacía que los salmos sonaran de otra manera, hasta el punto de que hay escritos de hombres (que en los monasterios a lo largo de una semana recitan los ciento cincuenta salmos a lo largo de una semana) que dicen: «admiramos a las mujeres que en un solo día los recitan». Pero, además, sabemos, por los preciosos testimonios que nos quedan, que no los recitan de boquilla. Os voy a leer uno de ellos. Marcela, por ejemplo, que es una matrona del siglo iv, convirtió su casa en monasterio, y san Jerónimo dice de ella: «el ardor de Marcela por las Escrituras es increíble, ella canta ininterrumpidamente ‘Señor, llevo tus palabras en el fondo del corazón’». No lo decían, pues, de boquilla.

Es decir, tomar la palabra de Dios, hacerla suya, encarnarla, hacer que pase por todas las dimensiones de su ser y luego darla a conocer ha sido un hito histórico, hasta el punto de que personas como Paula, la compañera de san Jerónimo en la tarea de traducir la Biblia, toma expresamente a una persona hebrea para aprender el hebreo a fondo, y lo llega a aprender tan perfectamente bien que ella corrige las traducciones de san Jerónimo. San Jerónimo lo traduce (esto lo cuentan bien) y ella lo corrige (esto no nos lo cuentan). Y, además, ella con su dinero hace un monasterio para religiosas en el que está san Jerónimo, y ella le mantiene con su dinero; y hace otro monasterio para religiosas y un albergue para pobres. Es decir, sabe hebreo, nos deja una huella en las traducciones y, además, su vida misma se convierte también en palabra.

Son mujeres portadoras de sabiduría, y se nota la diferencia: su sabiduría no es erudición, es saborear. Lo reconocen los propios varones, sobre todo los hombres que están en Armenia, que dicen de estas mujeres que están en el desierto: «cuánto bien nos han hecho estas mujeres», y apelan a dos detalles: por su bondad y por su mesura. ¿Por qué? Porque hay hombres que se van al desierto y, hala, quieren ser perfectos, y a tal velocidad, que hacen locuras. Quieren ir tan deprisa que hacen tonterías. Entre otras cosas, porque son unos guarros: ellos consideraban que lavarse y seguir a Dios es incompatible, y llegan estas mujeres con la cabeza en su sitio y dicen, no hijos, la higiene está muy bien para seguir al Señor. Lo cuento como un detalle, pero es que la espiritualidad de ellas es integradora, mientras que ellos, al coger la palabra lo que hacen es luchar. Luchan contra el diablo, contra las tentaciones, contra la sociedad, y claro, se pasan la vida así, luchando, y los pobres no acaban nunca, mientras que ellas, que tienen una teología preciosa, dicen: «esto es lo que hay, somos pobreza; cuanto mejor nos conozcamos, mejor…».

Caminan hacia una humildad muy realista en la que dicen: «tenemos que saber quiénes somos, tenemos que conocernos muy bien, y a continuación integrar nuestro ser. De alguna manera, hagámonos amigas de lo que somos, porque si no, no vamos a salir adelante». Y los hombres reconocen que ellas no caen en la vanagloria. Algunos hombres se van al desierto porque eso quedaba bien y eran admirados, y reconocen que ellas se van por unas motivaciones más “limpias”.

Practican la oración del amor. Eso ¿qué quiere decir? Algo precioso. Una de las madres del desierto dice: «quien ama recordando siempre al amado descubre su palabra en soledad y silencio». Es decir, ¿qué les lleva a la palabra de Dios? El amor, el practicar el amor, pero teniendo puesto el corazón en el amado. ¡Qué bonito! Entonces, esa hondura que les va dando la palabra que ellas reciben y la palabra que ellas dan, ¿en qué les convierte? En consejeras de obispos y de santos. Qué poco nos lo han contado también, ¿verdad? Qué velo han ido corriendo, qué velo tan intencionado. Sabemos que muchas de ellas debatieron temas teológicos y con  hondura. Por ejemplo, Olimpia, que fue una mujer diaconisa, teóloga, amma, discutía con san Juan Crisóstomo y san Gregorio Nacianceno (podemos hacer el “test de Olimpia”: todos conocemos a san Gregorio y a san Juan Crisóstomo, mientras la pobre Olimpia se nos ha quedado en un rinconcito).

En muchos lugares ellas inician la vida cenobítica, primero están un tiempo en el desierto pero otras consideran que es mejor formar un tipo de comunidad más estable. María, la hermana de san Pacomio, por ejemplo, vive en un monasterio que dirige ella como abadesa con unas cuatrocientas religiosas, pero solo nos han contado cuando empezó él la vida cenobítica.  ¿Por qué estas mujeres han sido y son silenciadas, si fueron miles? ¿Por qué, si sus propios contemporáneos reconocieron el bien que hicieron? Es decir, no es que nosotros estemos proyectando recuperarlas sino que sus contemporáneos reconocen que son unas mujeres sabias, espirituales, maestras de espiritualidad, teólogas que hicieron un bien con su palabra y con su vida. ¡Qué velo más intencionado ha habido!

Vamos a leer algún texto para conocerlas mejor. Por ejemplo, amma Sara (amma es la manera de llamarles madre, maestra), vivió sesenta años cerca del Nilo y le visitaron dos anacoretas para pedirle consejo. Ella les responde: «yo no soy más que una mujer esforzada y tenaz, fundamentada en Cristo, que es mi roca. Mi naturaleza es de mujer, pero mi espíritu no tiene sexo. Si quisiera que todo el mundo alabara mi conducta, tendría que arrodillarme ante la puerta de todas las celdas, pero yo lo que quiero es mantener el corazón libre para Dios. Tenemos que hacer buenas obras, pero no para ser alabados por los demás, sino para gustar a Dios». La manera de situarse en su roca.

Amma María, que es la hermana de san Pacomio, quiso que todas las religiosas supieran leer y escribir, que conocieran a fondo la Biblia (y estamos hablando del siglo iv). Algunas de ellas la conocieron tan a fondo y tuvieron tal cultura que sabemos que escriben manuscritos. Nos han llegado más bien de los hombres, pero ellas también fueron personas que nos han transmitido esa sabiduría. Amma María quería, por ejemplo, que a lo largo de todo el día las mujeres que estaban con ella, que querían aprender con ella y la acompañaban, estuvieran repitiendo la palabra de Dios, pero que lo hicieran siempre desde lo más profundo del corazón. Eran, así, como una especie de antífonas que van expresando lo que sienten. Ella decía: «el propio capricho ha hecho caer palmeras bien arraigadas enla virtud. Si nos dicen sexo débil [fijaos, ya se lo decían], tenemos que poner en Cristo nuestra fortaleza. No son los ayunos, sino la caridad encarnada en el amor fraterno lo que apaga la soberbia de los egoísmos». Porque, como decía antes, la soberbia y la vanagloria fueron una de las grandes tentaciones. Pero estas mujeres lo que hacen es reconducir todo a la caridad fraterna, la humildad y el conocimiento de sí mismas.

Tony de Mello, al que queremos y agradecemos muchas cosas, nos ha transmitido parábolas y cuentecillos como si fueran suyos, pero hay un montón que son de las madres del desierto (como no pusieron copyright, pasa lo que pasa). El siguiente os sonará muchísimo. Explicó una de las mujeres, amma Teodora, que un monje se quiere ir del monasterio porque está teniendo unas tentaciones tremendas, y acude a amma Teodora para que le ayude, y entonces esta mujer le cuenta una historia: «conocí a otro monje al que le pasaba lo mismo, y que cuando estaba poniéndose las sandalias para irse a otro sitio ve que al lado está el demonio y se las está poniendo también. Y el demonio le dice: mira, no te marches por mí, porque allá donde tú vayas yo te precederé». Esto luego nos lo cuenta Tony de Mello de otra manera, pero es de amma Teodora. Esta mujer recomendaba también a quienes dirigían comunidades y les invitaba a renunciar tanto a querer dominar como a buscar adulaciones: «el camino es ser pacientes, humildes, rectos, condescendientes con equilibrio, y amar sin hacer distinciones a nadie».

Sabemos que hubo diaconisas y que tuvieron un papel importante. Por ejemplo,  Olimpia de Constantinopla tiene una vida muy interesante, porque ella se casó a los dieciséis años, al año siguiente se quedó viuda, lo que le daba la posibilidad de tener una vida cómoda, con dinero, etc., y sin embargo entrega toda su fortuna a los pobres y, a partir de ese momento… ¡a crecer espiritualmente! Ellas no buscan seguidores, como les pasaba a algunos hombres, sino que es ese atractivo, esa sabiduría la que actúa como un imán, y hay personas, hombres y mujeres, que quieren aprender y viven con ellas. O sea, normalmente sin buscarlo, crean comunidades en torno suyo.

De otra amma, Talis, nos ha quedado el recuerdo porque dicen que es una mujer que consiguió la paz total. O sea, una mujer que ya no le inmutaba nada, un equilibrio tremendo; y ella derrochaba y contagiaba esta paz. También me gustaría hacer una encuesta sobre santa Macrina, preguntando quiénes la conocen, quiénes saben para quién fue amiga, compañera, maestra espiritual. Ella fue la mayor de diez hermanos, y entre sus hermanos están san Pedro de Sebaste, san Gregorio de Nisa y san Basilio. Pensad en el lugar que ocupan, sobre todo los dos últimos, por ejemplo en las lecturas  del Leccionario. San Gregorio de Nisa la llamó «segunda madre, fuerte, benevolente y maestra de vida», porque, además, por problemas de la madre que tuvo diez hijos, ella hace de madre con algunos hermanos y de maestra espiritual con todos. O sea, es una mujer que tiene un peso impresionante. Y sin embargo, de nuevo, en la historia dela Iglesia dejamos su palabra en un rinconcito, y conocemos su vida sólo porque su hermano Gregorio tuvo el detalle de contárnosla, pero nada más.

Y no se libraron de los controladores. Yo creo que ha sido una especie de obsesión: cuando desde el Espíritu surge en las mujeres algo de mucho valor, siempre hay un señor iluminado que dice: «a estas las controlo yo». Un señor iluminado fue Shenute de Atripa, del que, si miráis en páginas de Google escritas por hombres, dirán: «¡qué sabio, qué biblioteca, cuánto bien hizo a la vida monástica!» Pero si veis la versión de las mujeres encontramos que fue un iluminado al que se le ocurrió que había que hacer una especie de voto de obediencia, una promesa de obediencia al abad. Él fue abad de un monasterio de unas mil ochocientas mujeres. Y la promesa de obediencia no la hacen de obedecer a Dios, sino de obedecerle a él. ¿Qué consiguió con eso? Una vez que tuvo la obediencia de todas, hizo a ese monasterio independiente de todos los demás, y así las controló. Pero lo peor es que esa promesa de obediencia, ese voto, se fue quedando en la vida monástica y luego se fue reforzando con una clausura cada vez mayor y una obediencia férrea. Tenemos que conocer a ese Shenute y que no se nos olvide… para detectar los shenutes de ahora. Ese Shenute se nos quedó en el siglo iv, pero hay más.

Transcripción de una parte de la conferencia, “Las mujeres, preñadas de esperanza… ¡Tomamos la palabra!” impartida en el XIX Foro Popular Religioso de Vitoria-Gasteiz, 2011

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